Probablemente fue en el Antiguo Egipto donde surgieron por primera vez las matemáticas, debido al imperativo práctico de tener que levantar catastros con los cuales medir las crecidas del Nilo, tan importante para una sociedad agrícola como aquella que dependía de sus frecuentes aluviones. Se iniciaron así las ciencias aritméticas y geométricas. Con el desarrollo lógico de los números y del cálculo espacial se hizo de la noción de medida un fundamento del pensamiento que incluía no sólo a las llamadas ciencias exactas, sino que sería además motivo de la especulación filosófica, de la concepción y constitución del arte, regla incluso del juicio moral y el cálculo económico. Con el pasar del tiempo el número y la geometría revelaron particularidades propias del todo insospechadas. La matemática conquistó por sí misma su autonomía no sólo como instrumento de medida, sino como sistema abstracto capaz de generar y demostrar sus propios axiomas y enunciados, los cuales abrían posibilidades inéditas de exposición y desarrollo del número y el análisis espacial. La primera gran escuela matemática de la antigüedad que se recuerde, estuvo originalmente situada en Sicilia, una importante isla de la región que históricamente se conoce como la Magna Grecia, al sur de Italia, a orillas del mar Mediterráneo. Era parte de la expansión cultural de la civilización griega por esa zona donde fueron fundados, antes de nuestra era, lucrativos emporios comerciales. Pitágoras de Samos fue el gran maestro de los matemáticos griegos el cual creó, con evidentes propósitos pedagógicos e investigativos, una orden, la de “Los pitagóricos”, la cual constituía una forma de vida basada en el rigor disciplinario; es lo que se conoce como el vivir teorético. O sea, la vida de una colectividad ajustada, siguiendo parámetros de las civilizaciones del Oriente, al común acuerdo a unos preceptos teóricos y una doctrina. Los pitagóricos establecieron rígidos rituales diarios (juraban al atardecer por el gran Tetrackis, intelección aritmética de Dios) adoptaron la alimentación vegetariana (una dieta en la que abundaban las habas) practicaban las comunidad de bienes y de este modo sacralizaron su relación con el número, la geometría, la música y la astronomía. Pues fundamentaron, con su concepción de las matemáticas, el estudio de los siete planetas visibles, en los que intuyeron una estructura aritmética correlativa a las siete notas musicales. Ellos afirmaron que mediante un largo entrenamiento, sometidos a la depuración que trae consigo la vida religiosa en comunidad, podían llegar a escuchar la música celeste de las esferas. El carácter sacro del conocimiento, aportada a la historia del pensamiento occidental por la secta de Los pitagóricos, presuponía un ideal comunal y religioso que se identificaba con las indagaciones teóricas, las cuales partían de la siguiente premisa moral: no es posible acceder al verdadero conocimiento del Número si no se tiene en consideración la pureza, puesta a prueba, del estudiante, del investigador. Es el mismo concepto que primó en la Edad Media en los estudios de alquimia. Partiendo de la importancia del papel que juega la interpretación en una investigación, el verdadero oficiante, a la hora de relacionarse con los compuestos químicos para intentar desentrañar con ello misterios de la materia, tenía que mantener, ante la colectividad de iniciados, una pulcritud ética. Así el más profundo conocimiento nacía de una relación que anteponía incluso los valores de la colectividad (la Fratría más original) a los de la propia búsqueda cognoscitiva. Pitágoras desarrolló junto a sus discípulos el sistema decimal. Lo que de ser cierto implicaría, para esa temprana época, la invención del cero. A este sistema de orden y cálculo se le dio contenido práctico en la organización social de Grecia y más tarde de Roma. Esto determinó el surgimiento de uno de los primeros paradigmas científicos de la historia de la cultura: el proyecto matemático como noción de unidad y medida del universo. Aunque esa ciencia, para los griegos, no era, en modo alguno, ajena a la especulación filosófica, ni a una forma de estudio revestido casi siempre de un carácter sectario, fraternal y religioso. Los griegos se afanaron a partir de Pitágoras en hacer de la noción de medida, de las virtudes concomitantes a esta noción, la mesura, la templanza, la proporción, el equilibrio, la armonía, lo finito, lo determinado, el basamento de la actividad teórico – práctica de los individuos y de sus comportamientos económicos, sociales, morales dentro de la ciudad – Estado. El descubrimiento y desarrollo de la ciencia de los números arrojó como primer resultado filosófico, el descubrimiento en particular del ente. Es decir, de una realidad preexistente al mundo empírico perceptible, pero que era la base conceptual de toda la naturaleza. La racionalidad del número conformaría así la racionalidad del mundo, su capacidad como instrumento de medición y cálculo establecería de hecho una fiel correspondencia entre los hallazgos del pensamiento y los eventos naturales. El número se convertía de esta forma en el Númen escatológico. Un concepto perteneciente al trasmundo, a la supuestamente región pura y perfecta donde habitan las figuras intangibles de los arquetipos, a los que sólo se puede llegar por vía de la intuición (la meditación trascendental) o la reflexión teórica, o, en este caso, mediante la especulación matemática. Esta concepción alude a la consideración de concederle una forma de realidad a determinados conceptos, frutos de la intelección humana. Y del mismo modo que el número significó el primer hallazgo teórico del ente, el concepto del Ser determinaba el fundamento lógico y lingüístico de todas las cosas que pueblan la naturaleza y el propio trasmundo ideal. De este modo se hablaba de un Ser del ente; de un Ser del Número. De lo que se trataba era de establecer una analogía entre las nociones trascendentales, como las matemáticas, descubiertas por la mente, y la realidad. Es decir, entregarle a la naturaleza, en su conjunto, un a priori conceptual que sería su basamento teórico, siempre y cuando este basamento correspondiera con las instancias lógicas elaboradas por el pensamiento y su inmediata concomitancia con el lenguaje. El modo de operar del pensamiento sería entonces, según este criterio, el modo de operar del mundo. La intuición, la intelección del pensamiento, la propia sintaxis del idioma, sus principales vocablos conceptuales, delatarían estructuras secretas de la naturaleza, formas básicas de su composición. La aritmética, la geometría expandirían el campo de cosmovisión del hombre sobre las reglas de comportamiento general del universo, fundamentado por el concepto lingüístico del Ser. El número y el Ser establecerían así su inmediata correlatividad en el seno de la lógica y de la gramática del mundo. No se llegaría a ellos mediante la percepción empírica, sino mediante la apercepción intelectual, mediante la sensibilidad intuitiva. La percepción del Número por la intelección humana aportó la conciencia del límite, de la forma, de lo correctamente formado, bien constituido y esencialmente determinado; primer paso para el desarrollo del pensamiento lógico y conceptual, raíz original del pensamiento científico que tendría su primer deslinde en el pensar ontológico, la ciencia del Ser. Así, de esta manera, existe una manifiesta continuidad del pensamiento lógico entre Pitágoras de Samos y Parménides de Elea. Del mismo modo que la Escuela de Eleas fue el preámbulo a la filosofía del Ser de Platón y de la Metafísica de Aristóteles, pilares ambos de la extensa tradición ontológica y teológica de la civilización de Occidente. Sobre la base de estos presupuestos el hombre aprendió a pensar con rigor y a establecer del modo más conveniente sus definiciones. La ontología, como método intelectual desarrollado en el tiempo, asentó los presupuestos primados del pensar teórico y posibilitó, a largo plazo, el nacimiento del conocimiento naturalista de tipo científico hasta derivar al saber y la eficacia técnica, como estrategias de dominio sobre la naturaleza. Para ello el número, que anota registros de cantidad, tendencias y magnitudes, se convirtió en el indispensable órgano de legitimidad del nuevo pensar teórico. Pues cualquier teoría para estar completa, modernamente hablando, debe traer consigo la posibilidad de su traducción matemática. Lo que sucede hoy en día es que en el largo trayecto andado por la ciencia en particular y el pensamiento teórico en general, han sido olvidadas las preocupaciones filosóficas, morales e incluso cognoscitivas que originalmente hicieron nacer al método matemático en la Antigua Grecia, a la filosofía del Ser y a los conceptos lógicos en casi su totalidad. Para ejemplificar lo que digo: por medio de las matemáticas podemos registrar las magnitudes del tiempo, medir con los cronómetros más exactos su durabilidad… Pero la pregunta que indaga sobre su naturaleza permanece siempre sin responder. Y es la pregunta del teólogo del siglo V, San Agustín, cito: “Yo no sé lo que es el tiempo, pero mi alma sufre porque quiere saberlo”. Es muy curioso que para Platón y la notabilísima influencia que el pensador griego dejara en la posteridad filosófica de los primeros siglos de nuestra era, que alcanza principalmente a Plotino de Alejandría y a San Agustín, la noción numeral de la unidad tuviera tan fuertes y enigmáticas implicaciones filosóficas. Una concepción que parece extraída originalmente del pensamiento de Parménides, mas carece de fundamentos lógicos. En el poema de la Verdad, según Parménides, una diosa revela al poeta la verdad del Ser, aquello que es y no puede dejar de ser. Fundamento lógico, por tanto, del pensamiento y del mundo. De un mundo correlativo al pensamiento (dotado de una misma sustancia o naturaleza) y, por ende, penetrado de racionalidad. El Uno sin embargo, dentro de esta óptica de pensamiento, es otra cosa. Carece de lógica y de relación causal con el mundo. De él nada se puede decir porque no es inteligible al pensamiento y por ello carece de atributos. Sin embargo, es la suprema verdad del poeta que lo intuye. El mismo Sócrates, gran conversador de los diálogos platónicos, parece enmudecer ante su sola presencia. ¿Qué es el Uno? No podemos decir que es unidad pues estaríamos afirmando algo con respecto a él. Para ser fiel a lo expuesto por Platón y más tarde por Plotino, de él sólo se puede hablar de una manera negativa, afirmando lo que realmente no es. Es un discurrir que nos enseña a pensar en la negación. Mencionando propiedades de las que carece: no es el Ser, no es forma, no es incluso unidad, no es un ente. Sin embargo, a la hora de mencionarlo, en el fulgor de una intuición, se estableció su concomitancia con la unidad de la que emanan atributos a partir de su contemplación. Es “algo” que el poeta, el místico ha podido ver, que le ha sido por un momento develado y que contiene ecos de la concepción numeral de Pitágoras. Sin embargo, se nos sigue diciendo, es un conocimiento primordial y el Ser no sería sino es gracias al Uno. El Uno es un ejercicio práctico para poner a prueba nuestra voluntad de intelección, que nos enseña a pensar sin necesidad de procedimientos lógicos, a pensar más allá de la noción finita del límite. Porque el Uno es lo infinito, lo indeterminado, lo incognoscible convertido en objeto de conocimiento. Por ello es que en él fracasa la noción de medida, principio básico del pensamiento griego, para abrirse, ante la vista del griego, el hondón sin medida, la obscura sima de lo irracional. De la contemplación de este agujero negro, aparecido de improviso en el apacible tejido de la racionalidad griega, emana un nuevo saber, el pensar dialéctico: La lógica del devenir que opera siempre por negaciones sucesivas. Es como el Tao de los chinos, el pensar en la contradicción que puede hacer de lo incognoscible materia de sabiduría. De su contemplación surgen incluso las intelecciones y la misma racionalidad del mundo, sin ser objeto y sin ser tampoco razón. No es la forma pero de él (en su contemplación) emana la forma, no es idea pero de él emana la idea, no es el Ser pero de él emana el Ser… Lo único que de él dijo Plotino afirmativamente, tal parece que en el rapto de una de sus visiones, es que era bello. De él, por tanto, emana directamente la idea de lo bello, del mismo modo que el arte (para decirlo con palabras de Hegel) es la expresión sensible de una idea que, según Plotino, ha emanado del Uno. Y es el alma del artista dotado de sensibilidad quien busca expresar en la obra la belleza primordial, como quien expresa no una medida fiel del mundo sino su esencia. A partir de lo anterior expuesto puede decirse que queda reconstituido para el pensamiento el momento estético, como el lugar donde es plasmado, de un modo esencial, una sensibilidad, la cual ha emanado del principio más alto del universo, de donde debe brotar toda posibilidad de intelección y de belleza. La belleza no es así un sucedáneo de la idea, sino la huella que ha dejado en nuestra alma el incognoscible Uno que, contradictoriamente, sólo el artista, en su constante devenir y, por medio de su arte efímero, puede llegar paradójicamente a expresar. Porque el universo, en su unidad, presupone la noción del cálculo y la medida. Mientras que el poeta, en su aliento, presupone la desmesura y lo incognoscible. Cuando en el primer libro del Antiguo Testamento, se dice “En el principio dijo Dios, hágase la luz y la luz se hizo…” quien sin dudas estaba hablando era el poeta, testigo de excepción de la supuesta Creación del universo. Los antiguos griegos, por su parte, a la hora de traducir líneas de los Evangelios, bien pudieron decir: “En el principio fue el Logos (la razón) y la razón era en Dios y la razón era Dios…” Razón teórica y sensibilidad poética siempre han estado enfrentadas. De los griegos hemos heredado principalmente una razón; de las civilizaciones del Oriente el aporte de una sensibilidad muy especial: el pensar dialéctico; la obsesión por lo infinito, lo incognoscible, lo indeterminado… El Uno de Parménides cobra un evidente carácter trasgresor frente a las matemáticas practicadas en Grecia, la vía para ascender a él no es el cálculo, sino la intuición poética. Por tanto, como la belleza, es el Uno materia primada de intelección para el artista. Las matemáticas, como hemos dicho, sólo registran tendencias y magnitudes, nada nos hablan de la verdadera naturaleza de las cosas. Es como el tiempo para San Agustín, sólo su alma sufre porque “quiere saberlo”. Es la poesía que se plantea ese tipo de conocimiento, que sólo es motivo de padecimiento para el alma. Más allá de toda funcionalidad, de toda eficacia, de cualquier estrategia matemática de dominación, es el alma la que ansía superar su ignorancia y aprehender, mediante el ideal de la belleza, una esencia relativa al principio más elevado del mundo. Hay un momento en el pensamiento en que las matemáticas y los conceptos se vuelven inoperantes y es cuando con ellos pretendemos explicar la vida. El Uno de los que nos habla es de la dialéctica de un mundo en constante movimiento y devenir, donde los conceptos fijos y estables (las definiciones, los axiomas) no sirven a la hora de querer explicar el mundo. Es preferible, para intentar comprender la vida, dejar hacer a nuestra capacidad de volición interna y sentarnos a escuchar nuestras más recurrentes intuiciones, a nuestra capacidad analógica para enlazar ideas partiendo siempre de la aceptación de la realidad mutante del universo y del mismo pensamiento. Es la mejor manera de acercase a la “lógica” secreta de la vida, a su constancia movediza y contradictoria en que siempre se nos presenta. O como dejó dicho Antoine de Saint Exupery, el célebre autor de “El pequeño príncipe”, cito: “Nosotros que comprendemos la vida podemos muy bien burlarnos de los números”.
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