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La igualdad de la mujer en Cuba: entre el mito y la realidad de un paradigma
2005-7-14
T. Avellaneda.

El presente es una reflexión sobre nosotras, las mujeres en Cuba. Una reflexión que nos aproxima a nuestra problemática, nuestras inquietudes y nuestros intereses. Su objetivo es concitar y convocar a quienes sientan y piensan que algo podemos y debemos hacer para redefinir nuestro lugar en Cuba tanto en el orden teórico, como en el orden práctico, político y social. Es evidente que mucho hemos avanzado en nuestro país, pero es más evidente que hemos sido emancipadas dentro de una lógica patriarcal. Se trata ahora de auto emancipación, no contra el hombre sino desde nosotras mismas contando con los hombres. Un feminismo maduro que cree su propio discurso de reflexión y participación en asuntos de interés local y global.

Pretendemos así que un núcleo inicial de mujeres progresistas tome estas ideas como punto de partida para hacer su propia reflexión identificando temas, conceptos e ideas que consideren necesarios en el debate actual sobre la mujer en Cuba y en el mundo. Con esas reflexiones enriquecidas convocaremos a un primer encuentro constitutivo y de debate en el mes de octubre o en el mes de noviembre, en el que pretendemos dar a conocer el Manifiesto de las Mujeres Progresistas y donde convocaremos a una primera conferencia nacional para el primer trimestre de 2006.

Pediríamos que estas reflexiones sean entregadas por escrito y firmadas, con nombre y apellidos o con seudónimos, a finales de septiembre. Comprendemos muy bien nuestra propia circunstancia y no exigimos heroísmos civiles. Todas las que participen están desde ya invitadas tanto al encuentro como a la conferencia. Su participación es también opcional. Lo más importante son las reflexiones, la conexión y el sentido de pertenencia. De modo que si invitas a otra amiga, tú has comenzado a hacer la diferencia al comunicar a más mujeres nuestro propósito.  

 

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La década de los sesenta del pasado siglo, marca una pauta en el desarrollo de los movimientos femeninos en pos de la igualdad total de derechos para la mujer. Al calor de este auge feminista, particularmente acentuado en los países del primer mundo, surgieron numerosas organizaciones que, con mayores o menores resultados, sacudieron la conciencia social en torno a un problema que entraba en franca dicotomía con el discurso universal de distensión que se propagaba después de la guerra fría: por una parte se pretendía gestar la paz e igualdad de derechos para todos los hombres (léase “humanidad”), mientras por otro, a duras penas, venciendo viejos prejuicios y un sinnúmero de obstáculos, las mujeres de esos países más favorecidos por el desarrollo, iban abriéndose camino en el logro de un espacio social que –no obstante- en gran medida todavía se resiste a ser conquistado.

En Cuba, y ya iniciado el siglo XXI, la verdadera liberación femenina, o la igualdad social de la mujer aún tiene por recorrer un largo camino. A despecho de la supuesta emancipación de la mujer a partir de las leyes promulgadas por la revolución de 1959, que otorgan a éstas el derecho al trabajo en igualdad de condiciones y salarios con los hombres, a pesar de la creación de una organización que –al menos de jure- debía representar y defender los intereses y aspiraciones de todas las cubanas, a pesar de la seguridad de una maternidad protegida o de la creación de los llamados Círculos Infantiles, instituciones encargadas de cuidar y educar a los pequeños de edad preescolar cuyas madres se encontraran incorporadas socialmente al trabajo, la mujer cubana continúa sujeta a una discriminación en muchos sentidos solapada, semioculta, acallada bajo un falso discurso igualitario. Se trata aquí de una discriminación heredada secularmente y transmitida de una generación a otra incluso por las propias mujeres: una discriminación que dimana de una cultura profundamente machista y que continúa incorporada en la conciencia social. Y es que el machismo –como el racismo-, es un mal heredado de largos siglos de coloniaje que no es posible conjurar mediante decretos.

A más de cuatro décadas del inicio de un proceso “emancipador”, la mujer cubana solo ha logrado multiplicar su condición de esclava doméstica al erigirse en sujeto social activo desde el punto de vista laboral: a las tradicionales obligaciones del hogar y de atención a la familia (que siguen siendo fundamentalmente suyas) se han sumado las obligaciones laborales y las ideológicas (reuniones después del horario de trabajo, guardias, trabajos voluntarios, misiones internacionalistas, etc.). El discurso oficial nos enaltece: somos las “Marianas”, las compañeras de los héroes, las siempre dispuestas al sacrificio, “ayer en la manigua mambisa, hoy en la Batalla de Ideas”. Las mujeres no elegimos nuestro papel: este está predeterminado desde el poder patriarcal; somos, como en todos los siglos anteriores, los corderos del sacrificio que –además- debemos estar felices y orgullosas de nuestro destino.

No faltan los premios a la obediencia femenina, tal como quedó demostrado con la simbólica (y vergonzosa) entrega de ollas arroceras durante el acto celebrado con motivo del Día Internacional de la Mujer, el pasado 8 de marzo. El mensaje fue tan directo que transparenta una torpeza pocas veces manifiesta en la historia de los movimientos de liberación femeninos: he aquí que un connotado patriarca obsequia generosamente a las mujeres de la nación ollas arroceras y ollas de presión (la cocina es asunto de ellas) en acto solemne por el día en que se homenajea a todas en memoria de la célebre luchadora Clara Zetkin. Lo más deprimente no fue el hecho en sí, sino la ovación entusiasta de todas las presentes que, ese día, olvidaron que debían cocinar y permanecieron hasta altas horas de la noche en el rito del culto al varón benévolo.   

Sin embargo, la historia demuestra que para lograr la plena igualdad de la mujer, es preciso que ellas tengan conciencia de la situación de subordinación  y desventaja que siguen ocupando en relación con los hombres, de la necesidad de ser verdaderamente independientes y, sobre todo, de las responsabilidades que entraña asumir concientemente esa independencia. La conciencia de la igualdad femenina no puede ser, y de hecho no es, una dádiva otorgada desde un poder patriarcal marcadamente machista: la aceptación sumisa de estas dádivas conduce a una libertad falsa, engañosa, toda vez que crea una aparente liberación de la mujer de la esclavitud doméstica a la vez que la convierte en esclava de una ideología que, en tanto “liberadora” exige fidelidad incondicional. La libertad no puede nacer con ataduras, la gratitud no puede erigirse como freno al pensamiento. Porque, puestos en este punto, ¿qué debemos agradecer? La igualdad es un derecho inalienable de la mujer, nace con ella, no es otorgado por poderes terrenales ni divinos. El nuevo milenio no verá nacer un mundo mejor si mantenemos viejos esquemas de pensamiento. Nadie habrá de liberar a la mujer en tanto ella misma no sea capaz de hacer su propia independencia, y debe empezar despojándose de las ataduras de su propia conciencia.

Pero, ¿quiere ser realmente independiente la mujer cubana? Las difíciles condiciones económicas, agudizadas en los angustiosos años de la década de los noventa y hasta ahora no superadas, trajo consigo el abandono masivo de puestos de trabajo por parte de amplios sectores de la fuerza laboral femenina que retorna al hogar y busca formas alternativas de supervivencia económica, ya sea mediante el trabajo por cuenta propia legalmente establecido en ese período, o insertándose en el siempre presente y a partir de entonces más floreciente mercado negro. No obstante, estas no fueron las mayores pérdidas sufridas por la mujer cubana sino que el retroceso tiene sus más acusadas manifestaciones en el auge de la prostitución, en la mayor dependencia económica y en la consiguiente subordinación al hombre. Es decir que las difíciles condiciones económicas sumadas a la secular conciencia machista de la sociedad cubana son los pilares sobre los que se asienta la discriminación de la mujer.

Por supuesto, es difícil aprehender los aspectos subjetivos de un problema que objetivamente está presente en la sociedad cubana. No es raro escuchar tras los telones que un puesto de trabajo ha sido otorgado preferentemente a un hombre porque las mujeres “comienzan a parir y entonces faltan mucho cuando se les enferma el hijo”. Estas ausencias pueden pesar en el calificador que debe cumplir un centro de trabajo para obtener ciertos “estímulos” económicos, de manera que se verían afectados los intereses de todos los trabajadores; así, no es difícil establecer a favor de cuál de los aspirantes estará inclinada la balanza a la hora de obtener la plaza.

La vieja historia de la maternidad es otro elemento no menos importante cuando las jóvenes, aún estudiantes, se ven obligadas a realizar una interrupción de algún embarazo no deseado o a abandonar los estudios en caso contrario: nada protege a las mujeres contra la moral establecida y contra los preceptos machistas que dictan que “las mujeres se tienen que cuidar” (los hombres no) o que justifican las libertades del macho frente a las represiones que se imponen a la hembra. Entiéndase que no se trata de defender un vulgar derecho al desorden o al desplome de los valores sociales y familiares, sino de que éstos sean asumidos responsablemente por igual por ambos géneros.

Otro aspecto a debatirse es el relativo a los términos en que la mujer ha de desarrollar su lucha por la igualdad de derechos. Es imposible concebir la liberación femenina sin el concurso de los hombres porque ambos son actores sociales del mismo drama. No se trata del manido enfrentamiento mujeres VS hombres; se trata de una complicidad más que de una lucha, en la cual solo puede haber ganadores puesto que los nuevos tiempos exigen la presencia de una mujer más plena y más capaz, segura de sus potencialidades y de sus talentos, de su valía y de su papel en la sociedad. Si se tratara de sustituir el tradicional machismo por un feminismo que implicara la subordinación del hombre frente a la mujer, lejos de apuntar a una solución, estaríamos creando un problema nuevo. Lo que sí está claro es que los retos que se manifiestan en el presente y el futuro de la nación cubana en el globalizado mundo contemporáneo, requieren de la presencia de una mujer cualitativamente superior en tanto segura de sí y de sus capacidades, en tanto dueña de su vida, con elevada autoestima y la suficiente valentía como para enfrentar críticamente su pasado y su presente y para asumir responsablemente todas las consecuencias que trae consigo la emancipación plena. Esa es la mujer que necesita el nuevo país que estamos por crear.

 

 

 

Junio 22 de 2005

 

 

 







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